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Nota
publicada en
www.economiayviveros.com.ar
Para cumplir con uno de los mandatos de la época y poner en práctica
lo que había aprendido (soy maestra normal), mi primer trabajo fue
ser la maestra de 7º grado.
Tenía 18 años, y la escuela en la que me designaron estaba en un
barrio alejado, las calles eran de tierra y los alumnos tenían muy
pocos años menos que yo y una realidad social muy diferente a la
mía.
Muchos de los chicos de ese 7º grado trabajaban durante la mañana y,
por la tarde, iban a la escuela. ¿Qué enseñar? ¿Cómo cumplir con la
currícula? Aprendí, rápidamente, que lo esencial era proporcionarles
conocimientos que les permitieran ejercer sus derechos y deberes.
Al finalizar ese primer año laboral, el balance personal fue
satisfactorio y la experiencia me había enriquecido como docente y
como ser humano.
En febrero de 1959, recibí mi nombramiento como maestra titular y un
cambio de destino. Trabajé en la provincia de Buenos Aires hasta
marzo de 1966, año en el que decidí dedicarme a criar mis hijos.
Los chicos crecieron, y un día mi marido me regaló un ombú bonsái.
Nunca imaginamos que ese regalo, que me hizo comenzar con la
práctica de este arte, se transformaría en una forma de vida y que,
además, me haría retornar a mi primitiva vocación: la docencia.
Hoy, a los 69 años, tengo un vivero y una revista dedicados al
bonsái, y sigo dando cursos. Enseñar me produce un inmenso placer,
sobre todo, porque he visto crecer profesionalmente a muchos de los
que fueron mis alumnos. |