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| “Ama hacer el
bonsai, lo distiende mucho” |

“Acá la gente queda muda cuando él aparece” |

“No es una persona que discuta en clase” |
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Aníbal
Fernández se despertó como siempre bien temprano. Se
acercó a un pequeño olivo de la colección de bonsais que
tiene en la terraza de su casa. Lo miró bien,
inspeccionó sus hojitas, y advirtió que había algo
extraño en su fisonomía. Lo primero que hizo fue llamar
a su maestra Marita Gurruchaga, la mujer de 69 años que
le enseñó todo en el arte milenaria de empequeñecer
árboles: “Sensei -le dijo-, mi olivo tiene unas bolitas
blancas como bichitos, aunque ahora que lo miro bien,
parecen flores”.
Ella recuerda el entusiasmo en la voz de su discípulo:
“Me llamó a mi casa a las ocho de la mañana, estaba muy
contento porque esas flores significaban que pronto el
olivo daría sus frutos”. Y así fue: “Dieciseis aceitunas
le dio”.
La pasión de Aníbal por el arte japonés es tan fuerte,
que hace poco justificó el escándalo protagonizado por
Guillermo Moreno en la reunión del directorio de Papel
Prensa diciendo que “su conducta es un bonsai tapando un
bosque”. Hablaba con conocimiento de causa.
Su primer curso formal fue en 1998, cuando era
secretario de Gobierno de Duhalde en la provincia de
Buenos Aires. Llegó desesperado al vivero de Gurruchaga
sobre la avenida Independencia, en el barrio de San
Cristóbal: se le habían muerto dos ombúes y no podía
tolerarlo. Pero ese fue sólo un mal comienzo; luego de
varias clases, se convirtió, según su maestra, en “un
alumno ejemplar”.
Ella está orgullosa su alumno más famoso. Dice que es
brillante. Que todos quedan fascinados cuando el
ministro llega sin custodia y se pone a hablar, con su
verborragia habitual, sobre las bondades del bonsai. Que
comparte todo con el resto de sus compañeros. Que ayuda
a transplantar. Que es uno más y que se somete, como
todos los alumnos en la enseñanza de cualquier arte
japonés, a la disciplina que le marca el maestro.
Al contrario de Fernando De la Rúa, que sufrió el karma
de los arbolitos que se transformaron en un símbolo
negativo de su “política bonsai”, Aníbal los adora. ¿Más
que a las trifulcas políticas? Lo cierto es que les
dedica el tiempo suficiente para mantenerlos espléndidos
y altivos desde su pequeñez: los poda, los riega, los
transplanta cuando hace falta y alambra sus ramitas para
darles forma. Protege a sus mini árboles de las plagas
destructoras, tal vez una metáfora para él de todos los
que no son ultra K.
Después se hicieron amigos y al poco tiempo la relación
trascendió los límites del pequeño vivero. Gracias a la
recomendación de Aníbal, Marita se encarga desde el 2002
de hacer los arreglos florales de la quinta de Olivos.
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