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¿Cuántos
años hace que te dedicas al arte del bonsái?
Ya hace más de treinta… Recuerdo que la primera vez que
vi un bonsái, fue en la Rural, en la Exposición del
Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, en 1960. A
partir de ese momento, comencé a suspirar por tener uno.
Sueño que se cumplió cuando mi marido me regaló un ombú.
De entrada me limité a cuidarlo, pero me di cuenta de
que si quería mantenerlo, era necesario informarme. Como
solo conozco dos maneras de hacer las cosas (bien o
mal), me puse a estudiar. No fue una tarea fácil, la
literatura sobre el tema era escasa, no había Internet…
pero para hacer honor a mis ancestros vascos, insistí en
la búsqueda y aquí estoy.
¿Qué nació primero: el vivero, la escuela o la revista
(Bonsái Puntoar)?
El vivero y la escuela nacieron al mismo tiempo. Con
respecto a la revista, durante tres años había publicado
para Ediciones Bienvenidas unos fascículos con el nombre
de “Curso práctico de bonsái”, pero una revista como
Bonsái Puntoar era un sueño largamente acariciado, que
concreté con Sergio Luciani, quien fue mi alumno y, en
la actualidad, es mi socio en la editorial y uno de los
jóvenes maestros de bonsái. Me llena de orgullo ver
crecer en este arte a las personas a quienes les
transmití mi pasión por el bonsái.
¿Cómo vives la experiencia de dar clases?
A pesar de que cuando renuncié a mi cargo de maestra
había dicho que nunca más me dedicaría a la enseñanza,
la docencia es una vocación muy fuerte y dar clases es
lo que más me gusta hacer. Sobre todo, recibir gente que
no tiene ni la más remota idea de este arte y menos
todavía de plantas. Es lo mismo que enseñar a leer y a
escribir.
¿Qué características tienen tus cursos?
Como el bonsái es una de las artes Zen, mis cursos
comienzan con una clase en la que se habla de los
orígenes y las características de este arte, los
elementos y principios del diseño, los estilos básicos.
Ya que la “materia prima” es un organismo vivo en
continua evolución, en el curso, además de las técnicas
específicas, hay un espacio consagrado a la botánica y a
la fisiología. El curso básico dura cuatro meses,
después hay talleres a los que la gente concurre para
continuar con la práctica e incorporar nuevas técnicas.
Los sábados son los días de mayor concurrencia, y los
alumnos más antiguos colaboran con los novatos.
¿Quién es tu referente en este arte?
En el país, sin lugar a dudas, Hirata-san.
¿Y en el exterior?
Entre los maestros japoneses Kimura y Kobayashi; en el
Brasil, Hidakka-san,Regina Suzuki; de los europeos,
puedo mencionar a Salvatore Liporace, Marco Invernizzi,
David Benavente; no puedo olvidarme de los maestros del
resto el continente americano, como Solita y Chase
Rosade, Pedro Morales y tantos más...
Actualmente, ¿que concentra la mayor parte de tu
energía: el vivero, la enseñanza del arte del bonsái o
la revista?
El vivero es lo que me demanda más tiempo, pero también
es cierto que, a pesar de que doy clases desde hace
muchos años, siempre hay algo nuevo para incorporar
(preparar el material audiovisual, actualizar los
apuntes, etc.). Por otro lado, la actividad de la
revista también es intensa, y aunque somos dos para
pensar y elaborar el material, también requiere mucha
dedicación.
¿Cómo nace la publicación?
Como te dije, Bonsái Puntoar fue un sueño muy anhelado,
el primer número vio la luz en la primavera del 2007.
Ese año hicimos seis ejemplares, pero nos dimos cuenta
de que era un esfuerzo físico y mental desmedido y
tomamos la determinación de que fuera un número para
cada estación.
¿Cuáles son las metas que se plantearon?
Nuestra revista tiene como objetivo compartir y difundir
técnicas y actividades, y además ser un espacio a
disposición de todas las personas y asociaciones que se
dedican al arte del bonsái. Está hecha a pulmón, con
gran esfuerzo pero vale la pena. Es la única revista
especializada en Latinoamérica. Tenemos suscriptores en
Brasil, Venezuela, Ecuador y Colombia. Además, en el
2009, durante las Olimpíadas de Bonsái en Puerto Rico,
recibimos una medalla dorada por nuestra publicación.
El año pasado se conoció por todos los medios que el
jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, es uno de tus más
antiguos alumnos,
¿cómo es que se difundió dicha noticia?
En una entrevista que le hizo Jaime Bayly, cuando le
preguntó “cómo es esto del bonsái”, Aníbal dijo: “Marita
es mi sensei y mi amiga”. A partir de ese momento,
siempre que le preguntan por el bonsái, recibo un
llamado de los medios. Además, públicamente, cada vez
que puede habla de bonsáis. Es mi alumno más famoso y,
además, me honra con su amistad.
¿Qué repercusiones tuvo para tu actividad?
Únicamente, periodística. El hecho de que se sepa que
Aníbal es mi alumno no tiene otra resonancia. Y cuando
aparece por el vivero, la gente queda muda: no puede
creer que llegue sin custodia y salude a los habitués
con tanta familiaridad, intercambie conocimientos y
comparta una clase.
En tu condición de diseñadora de los arreglos florales
de la Quinta de Olivos, ¿qué aspectos procuras tener en
cuenta al momento de elaborarlos?
No sigo ningún protocolo, sé qué flores le gustan a la
Presidenta. Las rosas y las orquídeas le agradan mucho,
y en la temporada de los cimbidium, siempre hay un par
de plantas en flor. Las fui comprando a lo largo de
estos años y personalmente me ocupo de cuidarlas para
que vuelvan a florecer. Algunas veces, corto las varas
para ponerlas en un florero, pero en general, las
mantengo en la maceta.
¿Qué sueño tienes por cumplir?
A pesar de que con mi marido hemos viajado mucho, tengo
pendiente visitar el Japón, algo que concretaremos el
próximo mes de abril.

Foto: Sergio
Luciani
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